Acabo de terminar de leer “La amargura del triunfo”, anunciada como novela inédita de Ignacio Sánchez Mejías, cuya edición e introducción corre a cargo del profesor Andrés Amorós (ed. Berenice).
La introducción de Andrés Amorós es muy ilustrativa del ímprobo trabajo que ha tenido que hacer para poder editar en formato de novela un montón de hojas manuscritas por el torero, en distintos momentos y en distintos papeles. Una parte significativa de la misma ha tenido que ser recompuesta por el Sr. Amorós. Le agradecemos todo su trabajo que nos da la oportunidad de leer esta novela, de cuyas cuartillas sabíamos pero nunca creímos poder ver editada.
Leer al profesor Amorós es tan ameno como oírlo hablar. Te engancha desde la primera frase y es difícil dejar de prestar atención. De esta atípica introducción de 78 páginas podría destacar muchas cosas, pero me quedo, por su actualidad, con algunas frases pronunciadas por el torero en la conferencia que dio en la Universidad de Columbia en 1929, hablando sobre los enemigos de la Fiesta: “Es necesario que sepa todo el mundo que el toro es una fiera. El día que la curiosidad mundial descubra ese pequeño detalle, se hablará en otro tono de nuestras corridas de toros”, o “Cuando la humanidad esté en un grado tal de civilización que no quede ninguna crueldad, entonces sería cosa de hablar de suprimir las corridas de toros. Pero mientras los seres humanos hablen tranquilamente del número de hombres que cada nación puede matar en un momento determinado, hablar de la crueldad de las corridas de toros es ridículo”.

Cuenta el Sr. Amorós cómo en la feria de Valladolid de 1925, después de torear, leyó Ignacio públicamente unos capítulos de la novela, y las crónicas que le hicieron de la corrida y de la presentación, quedando éstas transcritas. La introducción está llena de anécdotas literarias, sociales y taurinas del torero, cuyo valor fue notorio, dentro y fuera del ruedo. Así indica que Néstor Luján decía que “se trataba de un caso patológico de valor” y José María de Cossio que tenía “la valentía más autentica y sobrecogedora que nunca se haya exhibido en los ruedos”. Cuenta como su mozo de espadas, Antonio Conde, escribía los habituales telegramas al finalizar la corrida, y una vez que el torero fue a la feria de El Pilar a Zaragoza, al brindar el toro, provocó al público brindando a la Virgen del Rocío, a la mía (yo siempre oí a mi padre esta anécdota con la Macarena), y el telegrama escrito a Corrochano, decía un escueto “Ya exponemos hasta en los brindis«. También cuenta que al leer, en el barco que le llevaba a México, que el ídolo local Rodolfo Gaona decía ser mejor torero que Joselito, hizo publicar, antes de torear con él, que “Yo soy mejor que Gaona y no he sido más que banderillero de Joselito”. Sánchez Mejías buscaba el peligro, mi padre me contó que una vez que llegó a casa con su primo José, hijo del torero, le dijeron lo peligrosos que se estaban poniendo algunos barrios de Sevilla, que ya no se podía ni pasar por ellos. Cuando se echó la noche, los llamó y se los llevó a dar un paseo a pie por esos barrios peligrosos. Volvieron sin novedad.
La novela, con un título ilustrativo, cuenta las aventuras y desventuras de un hijo de un humilde bracero que llega a figura del toreo y las vicisitudes de sus relaciones, destacando las relativas a las mujeres y a la crítica. No les cuento más, recomiendo su lectura.
PD. El viernes 20 de noviembre se presenta la novela en el Salón de Carteles de la Maestranza, dentro de los actos de la II Jonadas Taurinas organizadas por la cátedra Ignacio Sánchez Mejías de Comunicación y Tauromaquia.

