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La Feria de Sevilla

Los amigos del Club Taurino de Pamplona me volvieron a pedir que les escribiera algo de Sevilla para su revista anual, que iban a sacar aunque este 2020 no hubiera sanfermines, lo cual tiene mucho mérito. Esto fue lo que me salió

La Feria de Sevilla

Cada plaza de toros tiene su particular forma de presenciar y participar en los festejos, su idiosincrasia, que dirían los que saben. La Maestranza de Sevilla y la Monumental de Pamplona serían dos ejemplos claros de plazas con su particular forma de participar en los festejos.

En el pasado, el abono de Sevilla estaba compuesto por aficionados y profesionales que tenían un criterio bien fundado. Cuando yo era joven, si mirabas a los tendidos de Sevilla, te encontrabas con gran cantidad de profesionales y antiguos profesionales, ganaderos, matadores, subalternos, apoderados, veedores, y mucha gente de campo. Otra característica de la plaza es que la sombra estaba entera abonada y gran parte del sol también. Esto hacia un público regular, entendido y homogéneo. Un conocido crítico taurino, decía que donde más trabajo le costaba escribir era en Sevilla, porque mientras en otras plazas los asistentes leían al día siguiente la crónica de la corrida para enterarse de lo que habían visto, en Sevilla la leían para saber si el periodista se había enterado de lo que había visto. Cuestión de firmeza de criterio.

Desgraciadamente esto ha cambiado, y mucho, en los últimos tiempos. De los más de 8.000 abonados, hemos pasado a menos de 2.000, dicho esto con todas las reservas porque no se publican datos por parte de la empresa. Esto, unido a la pérdida de aficionados con criterio y a la irrupción en la plaza de un público poco entendido y mayoritariamente triunfalista, que va sólo a pasarlo bien, y a que se corten muchas orejas para poder contarlo después, ha hecho que la Maestranza de Sevilla, haya perdido el norte de antaño, y ahora sea una plaza como otra más, sin criterio definido, y absolutamente irregular, en función del público que asista. El haber otorgado tres indultos en las últimas nueve ferias, da idea del actual triunfalismo y de la pérdida de identidad de la plaza.

La empresa organiza los carteles en función del nuevo público que va a la plaza. Ha declarado perdida la batalla de un abonado que no va a volver. Y no va a volver porque antes se necesitaba ser abonado para entrar a la plaza, porque se vendían pocas entradas sueltas y estas eran caras de reventa o de sol. Y ahora puede pedir entradas sueltas para los cinco o seis festejos que le interesan y las tiene. Conclusión, organiza los carteles previendo cinco o seis llenos de no hay billetes, y con eso salva la temporada. Como el público actual quiere ver sólo a las figuras que conoce, y que estas corten muchas orejas, se organiza la Feria para ellos. Sin ellos el público no va. Conclusión, la Feria se organiza para la figura, el cliente actual es la figura, el cliente que cobra, mientras el público se dedica a pagar y a sacar el pañuelo. Y la figura, para que se contrate, quiere su toro e ir arropada por otras figuras, porque sola no llena. Y el público quiere figuras, no toros.

Los carteles de Sevilla de este fallido 2020 son clara muestra de ello. Que en 15 corridas de toros programadas haya cuatro hierros que hacen doblete, es, además de una aberración, una clara muestra de que mandan las figuran, que han exigido sus toros, y como había más figuras que toros, han tenido que repetir a Garcigrande, Victoriano del Rio, Juan Pedro Domecq y Núñez del Cuvillo. No es que ya quieran el mono encaste, es que vamos camino de la mono ganadería. Y después todos muy arropados entre ellos, carteles rematados, como gustan por aquí. Todas las figuras acompañándose las unas a las otras.

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José Gómez Ortega, una versión familiar

La versión familiar que tenemos de José Gómez Ortega viene aportada, fundamentalmente, por mi prima María Dolores Sánchez-Mejías, nieta por línea paterna de Ignacio Sánchez Mejías. Como es sabido Ignacio estaba casado con la hermana de José, Dolores, la abuela Mami para toda la familia. María Dolores vivió toda su vida con la abuela Mami, que afortunadamente fue muy longeva, y con su genial hermano Rafael El Gallo. Ella es la fuente en la que confiamos para escribir estas palabras acerca de José.

Los Ortega fueron una familia numerosa, no de seis, sino de siete hermanos. Los tres menores eran Rita, Dolores y José. Desgraciadamente Rita murió con año y medio, quedando descolgados y más unidos los dos últimos. Está unión se expresó de distinta forma en vida de José, por ejemplo, la debilidad por su primer sobrino José Ignacio, y a su muerte José la dejó mejorada en la herencia respecto de sus hermanos. Mami la única foto que tuvo siempre sobre su mesilla de noche fue la de su hermano, ni la de su marido ni la de sus hijos.

La familia Ortega fue más pobre de lo que se ha escrito. A la muerte del padre, volvieron a mudarse a Sevilla desde Gelves, y tuvieron que vivir tan estrechamente que llegaron a dormir los seis hermanos en el mismo colchón. Ya con Rafael El Gallo toreando y, sobre todo, con la irrupción de Joselito, que empezó a ganar dinero desde muy joven, las cosas cambiaron. José tuvo siempre debilidad por la familia, siempre cuidó de todos los hermanos y tenía adoración por su madre. En la casa compartida de Sevilla, la administración se la iban turnando Rafael y José. Contaba Mami que durante el mes del genial Rafael todo era improvisación, mientras que en el mes de José, todo era orden, con las alacenas bien surtidas y las comidas a sus horas.

Lo que sí nos ha llamado la atención a la familia, es la insistente argumentación pública sobre la taciturna forma de ser de José, y su estado de frustración que algunos incluso tildan de depresivo. Para nosotros todas estas afirmaciones no tienen base real, no están contrastadas y carecen de sentido. La abuela Mami y el tío Rafael comentaban todo lo contrario. Además de lo inteligente que fue dentro y fuera de los ruedos, decían cosas de José que bien pudieran desmentir la idea que se tiene de él de que era un torero casi asceta, dedicado exclusivamente al toro. José era una persona divertida, le encantaban los deportes y la caza, y también tenía debilidad por las mujeres, frecuentando fiestas y saraos. De las crónicas y escritos de su estancia en El Perú en su último año, podemos leer las fiestas y eventos a los asistió, siempre risueño. Mami lo recordaba alegre y jovial. Los supuestos problemas de sus últimos tiempos, como los derivados de la Plaza de Toros Monumental de Sevilla, estaban resueltos (el desgraciado día de su muerte se estaba celebrando una novillada en La Monumental). También se había resuelto lo de su noviazgo con Guadalupe de Pablo Romero, habiéndose acordado el enlace con una serie de duras condiciones. Algunas entrevistas al propio José y algún escrito de Muñoz y Pabón, así parecen indicarlo. No tenía motivos para esas tristezas que leemos por ahí.

Su hermana decía que la única vez que lo vio realmente triste fue cuando la enfermedad y la muerte de su madre. Pero ¿Quién no ha estado triste por la muerte de una madre? Por lo que contaba Mami, al que le afectó muchísimo la muerte de José, fue su marido Ignacio. Siendo como era la personalidad de Ignacio que se enfrentó a todo y a todos, tardaron mucho, y con mucho esfuerzo, en sacarlo de la tristeza por la muerte de su cuñado, maestro y amigo José, que tuvo que presenciar en el ruedo como compañero de cartel.

También afirmamos que es impensable que José no se hablara con su hermano Rafael, como hemos leído en más de una ocasión. Rafael siempre se llevó bien con José y hablaba maravillas de su hermano. Nunca se le oyó decir nada malo de él, nunca, sino todo lo contrario. Una cosa es que José no quisiera torear con él después de organizarle las corridas de despedida, no fueran a pensar que se había querido aprovechar del público, porque tenía mucho amor propio José, y otra muy diferente que no se hablaran. La familia Ortega, además de estar muy unida, se querían muchísimo entre ellos.

En el terreno religioso, José fue muy creyente y practicante, sintiendo especial devoción por la Esperanza Macarena, Fue miembro de su Junta de Gobierno y salió muchos años acompañándola en la “madrugá”. Hace poco, la hermandad recibió la donación de su túnica y zapatillas por parte de los nietos de Ignacio Sánchez Mejías por línea materna, Recasens Sánchez-Mejías, uno de los cuales había procesionado con la misma en años anteriores. La revolución estética de esta hermandad, y por ende, la de toda la Semana Santa sevillana, es en parte debida a Joselito El Gallo, que financió con generosidad todas las geniales ideas que surgían del diseñador Juan Manuel Rodríguez Ojeda. José regaló a su Esperanza esas cinco mariquillas de cristal de roca verde, que son el símbolo de esta universal imagen y que la diferencian de cualquier otra por muy de lejos que la veamos.

Este año 2020, que se cumple el centenario de la muerte de José, la Hermandad, que vistió de riguroso luto a su Esperanza para sus funerales, va a saldar una deuda que Sevilla tenía con Gallito, un torero imperdonablemente olvidado por los sevillanos, y erigirá un precioso monumento junto a la Basílica. Por ello que le damos las gracias de todo corazón por esta iniciativa.

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Joselito El Gallo, un genio dentro y fuera de los ruedos

Me pidieron un articulo sobre Joselito El Gallo para la Agenda Taurina 2020. Una vez editada, esto es lo que escribí:

Joselito El Gallo, un genio dentro y fuera de los ruedos

La vida de Joselito El Gallo fue sólo el Toro. Si hacemos un balance de su entorno familiar cercano, conoceremos que su padre fue torero, sus dos hermanos toreros. Fernando, que pasa por ser el ideólogo de las suertes y quites de José. El genial Rafael, al que recuerdo de niño sentado en el sillón de su dormitorio de la casa familiar de la calle O´Donnell de Sevilla, siempre impecablemente vestido y con su sombrero de ala ancha fuese la hora que fuese, y del que en casa se contaban infinidad de anécdotas de sus peculiaridades. Pero que es que sus tres hermanas se casaron con toreros: Gabriela con El Cuco, Trinidad con Manuel Martín Vázquez y Dolores con Ignacio Sánchez Mejías. Con este entorno ya se pueden imaginar cual era el universo familiar de José.

Por lo que sabemos, su madre, la “Señá” Gabriela, ejercía de matriarca desde la prematura desaparición de la figura paterna, pero el protector de la familia fue José, que desde muy pequeño empezó a ganar dinero y a sacar a toda la familia de sus necesidades. Sirva de ejemplo que el Cortijo Pino Montano, fue adquirido originalmente por su hermano Rafael, pero debido a su pródiga manera de administrar, lo perdió, recuperándolo para todos, José. En la escritura de compra, figura como tutora la “Señá” Gabriela que lo adquiere en nombre de su hijo José, aun menor de edad para estos negocios.

Fuera de la familia, la vida de José también fue sólo el Toro. He escuchado al profesor D. Andrés Amorós decir que fue el primer torero integral, el primero que le hizo todas las suertes a todos los toros. Fue el primero que intuyó el cambio de tendencia del gusto de los públicos hacía una faena más artística. Una faena que pasara de ser una suerte para dominar a un toro indómito y poder matarlo, a crear el arte de la lidia. Fue el primero que intentó hacer con algo de regularidad el toreo en redondo, que ya habían empezado Lagartijo y El Guerra y que después seguiría Chicuelo y perfeccionaría Manolete. Pero para eso se necesitaba un tipo de toro distinto a la fiera indómita, mansa la mayoría de las veces, y con un genio infernal, que salía regularmente por los chiqueros entonces. Y de ahí viene su revolución fuera de los ruedos.

Durante la Edad de Oro se lleva a cabo la mayor revolución genética que se ha producido nunca en el mundo del Toro. Con Gallito, y por su recomendación, se generalizan los tentaderos, y se establece la genealogía. En muchas ganaderías hasta entonces se soltaban varios sementales a las vacas, de forma que sólo se conocía con certeza quien era la madre. Gallito va abandonando los encastes menos proclives a las nuevas faenas que iban pidiendo los públicos, y fomentando líneas más bravas. Pero como murió tan joven y como tuvo tan poca percha literaria, el que pasa por el inventor del toreo moderno es Juan Belmonte. Si ustedes le preguntan a cualquier aficionado joven que quien revolucionó el torero, le contestarán en gran número de ellos, que fue Belmonte. Estos aficionados se han leído la extraordinaria y maravillosa novela de Chaves Nogales y se la han creído entera, cuando la verdadera biblia para conocer esta historia es la que escribió Paco Aguado, “El Rey de los Toreros, Joselito El Gallo”. Belmonte, al que no quito ninguno de sus méritos, hacía siempre el toreo en ochos, natural y de pecho. Mientras José, que ya he dicho hacía todas las suertes, intentaba, además, hacer el toreo en redondo, siempre que podía.

Pero es que su aportación a la tauromaquia moderna no se quedó en esa histórica revolución genética. Él creó la figura del apoderado tal como ahora la conocemos, porque antes casi era un administrador, y creó la figura del personal de confianza que iba por las ganaderías viendo la evolución del ganado, el actual veedor. En aquellos tiempos se decía que nada se movía en el mundo del Toro, no ya sin que lo supiera José, sino sin que lo hubiera mandado. Pero no contento con todo esto, quiso cambiar la Fiesta desde sus más profundas raíces, las económicas, con la promoción y construcción de las plazas de toros monumentales. Los toros eran entonces, y son ahora, un espectáculo caro, y las entradas inalcanzables para las clases obreras. Recuerden los viejos vídeos del personal empeñando los colchones para pagar su localidad. Para cambiar esta situación tuvo la idea de construir plazas de toros con capacidad para más de 25.000 personas, en aquellas ciudades que lo permitieran, para poder vender entradas mucho más baratas sin que el cargo total en taquilla se viera perjudicado. Todos ganaban, el público menos pudiente que podía asistir a los toros por un precio asequible, los toreros podían seguir cobrando lo mismo, cuando no más, y los empresarios. Como fue un adelantado en todo, con apenas 16 años ya intuyó esta solución y ya empieza a hablar y a fomentar la construcción de las plazas de toros monumentales.

Y en ese sentido, es recomendable la lectura de un reciente libro “Plaza de Toros Monumental de Sevilla, la Dignidad de un Proyecto”, escrito por miembros de un despacho de arquitectos, Julio y Fidel Carrasco y Carmen del Castillo, donde demuestran, frente a lo que nos habían hecho creer como verdad oficial, que la plaza de Toros Monumental de Sevilla estaba perfectamente construida. Con ese proyecto José se tuvo que enfrentar a la alta sociedad sevillana, ya que aforaba el doble de La Maestranza y entraba en competencia directa con la misma. La historia ya la saben, a la muerte de Gallito, la plaza se abandonó y después se demolió. Pero queda el legado de sus otras plazas monumentales. Madrid, gracias a la cual varias generaciones de jóvenes se han hecho aficionados al poder asistir a un espectáculo barato, Pamplona y, la ahora desgraciadamente sin uso, Barcelona.

También le he oído decir al profesor Amorós, que a todos los toreros que le ha preguntado, han contestado que eran de Gallito, mientras que todos los escritores contestaban que de Belmonte. Cuando me preguntan por Gallito cuento algo parecido a esto que dejo escrito, y recomiendo leer más historia y menos novela.

Ignacio Sánchez-Mejías Herrero

El Puerto de Santa María. 2019

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Gallito fuera de los ruedos

Los amigos del Círcula Taurino de Ronda, me pidiereon este verano un artículo sobre Joselito El Gallo para su revista, y me salió esto:

Gallito fuera de los ruedos

Joselito el Gallo fue el primer torero que intuyó el cambio de tendencia del gusto de los públicos hacía una faena más artística. Una faena que pasara de ser una suerte para dominar a un toro indómito y poder matarlo, a crear el arte de la lidia. Fue el primero que intentó hacer con algo de regularidad el toreo en redondo, que ya habían empezado Lagartijo y El Guerra y que después seguiría Chicuelo y perfeccionaría Manolete. Pero para eso se necesitaba un tipo de toro distinto a la fiera indómita, mansa la mayoría de las veces, y con un genio infernal, que salía regularmente por los chiqueros entonces. Y por ahí empieza su revolución fuera de los ruedos.

Durante la Edad de Oro se lleva a cabo la mayor revolución genética que se ha producido nunca en el mundo del Toro. Con Gallito, y por su recomendación, se generalizan los tentaderos, y se establece la genealogía. En muchas ganaderías hasta entonces se soltaban varios sementales a las vacas, de forma que sólo se conocía con certeza quien era la madre. Gallito va abandonando los encastes menos proclives a las nuevas faenas que iban pidiendo los públicos, y fomentando líneas más bravas.

Pero es que su aportación a la tauromaquia moderna no se quedó en esa histórica revolución genética. Él creó la figura del apoderado tal como ahora la conocemos, porque antes casi era un administrador, y creó la figura del personal de confianza que iba por las ganaderías viendo la evolución del ganado, el actual veedor. Pero no contento con todo esto, quiso cambiar la Fiesta desde sus más profundas raíces, las económicas, con la promoción y construcción de las plazas de toros monumentales. Los toros eran entonces, y son ahora, un espectáculo caro, y las entradas inalcanzables para las clases obreras. Recuerden los viejos vídeos del personal empeñando los colchones para pagar su localidad. Para cambiar esta situación tuvo la idea de construir plazas de toros con capacidad para más de 25.000 personas, en aquellas ciudades que lo permitieran, para poder vender entradas mucho más baratas sin que el cargo total en taquilla se viera perjudicado. Todos ganaban, el público menos pudiente que podía asistir a los toros por un precio asequible, los toreros podían seguir cobrando lo mismo, cuando no más, y los empresarios. Como fue un adelantado en todo, con apenas 16 años ya intuyó esta solución y ya empieza a hablar y a fomentar la construcción de las plazas de toros monumentales.

En ese sentido, es recomendable la lectura de un reciente libro “Plaza de Toros Monumental de Sevilla, la Dignidad de un Proyecto”, escrito por miembros de un despacho de arquitectos, Julio y Fidel Carrasco y Carmen del Castillo, donde demuestran, frente a lo que nos habían hecho creer como verdad oficial, que la plaza de Toros Monumental de Sevilla estaba perfectamente construida. Con ese proyecto José se tuvo que enfrentar a la alta sociedad sevillana, ya que aforaba el doble de La Maestranza y entraba en competencia directa con la misma. La historia ya la saben, a la muerte de Gallito, la plaza se abandonó y después se demolió. Pero queda el legado de sus otras plazas monumentales. Madrid, gracias a la cual varias generaciones de jóvenes se han hecho aficionados al poder asistir a un espectáculo barato, Pamplona y, la ahora desgraciadamente sin uso, Barcelona.

En aquellos tiempos se decía que nada se movía en el mundo del Toro, ni dentro ni fuera de las plazas, no ya sin que lo supiera José, sino sin que lo hubiera mandado el Rey de los Toreros.

Ignacio Sánchez-Mejías Herrero

Agosto 2019

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Ignacio Sánchez Mejías, un hombre excesivo

Los aficionados del Club Taurino de Pamplona, me pidieron una colaboración para su revista, sobre Ignacio Sánchez Mejías, para conmemorar el centenario de su alternativa. Ciertamente, casi ningún homenaje ha habido de esta efemérides, de forma que antes de que acabe el año, quiero dejar constancia del artículo que se publicó este verano en su revista.

Ignacio Sánchez Mejías, un hombre excesivo

Este año 2019, se conmemora el centenario de la alternativa del diestro Ignacio Sánchez Mejías. Ésta tuvo lugar en la plaza de toros de Barcelona, el 16 de marzo de 1919, con toros de Vicente Martínez. El padrino fue nada menos que José Gómez Ortega, Gallito, El Rey de los toreros, y el testigo nada menos que Juan Belmonte. Este fue el mejor cartel que se pudo componer en la Edad de Oro del Toreo. Al toro de su alternativa, “Buñolero”, le cortó Ignacio la oreja. Pero vayamos por partes.

Ignacio Sánchez Mejías, nació el 6 de junio de 1891, y fue de los pequeños de una familia muy numerosa. Su padre, mi bisabuelo Pepe, médico, hijo a su vez de médico, y su madre, la bisabuela Salud, una mujer de carácter. El nacimiento tuvo lugar en la entonces casa familiar, en la calle de La Palma, en el entorno de la Alameda de Hércules. Era una familia acomodada, ya que el padre no sólo atendía lo público como médico del Ayuntamiento y de la Beneficencia, sino que tenía prestigio para atender a las familias pudientes de Sevilla.

La educación en la casa, con tantos hermanos era espartana, e Ignacio pronto destacó por su inquietud e indisciplina. Se escapaba del colegio y lo tenían que traer los guardias de vuelta a casa, de donde se volvía a escapar. En ese entorno conoce a Joselito el Gallo, juegan a los toros y entrenan, en la huerta del padre de Ignacio, llamada del Lavadero, en terrenos de El Alamillo. El padre quería que fuera médico y él le decía que iba bien en los estudios y que incluso ya lo dejaban hacer algunas prácticas médicas, pero la realidad es que tenía los estudios muy abandonados y no había acabado ni el bachillerato.

Cuando la situación no pudo sostenerse más, y llevado por su afán de aventura, se embarca en Cádiz, con 17 años, de polizón con “El Cuco”, en el trasatlántico Manuel Calvo, pensando que el destino era México. Pero el destino fue Nueva York, además los descubren durante la travesía, y al llegar a Estados Unidos, los toman por delincuentes y los encierran. Gracias a las gestiones de un hermano de Ignacio, Aurelio, que por entonces estaba en México, logran que los embarquen para ese país. Llegado a México, se coloca de empleado en la plaza de toros de Morelia y allí empezaría su vida taurina.

En 1910, con 18 años debuta como banderillero en Morelia, con la cuadrilla de Fermín Muñoz “Corchaito”, con el que viene a España y vuelve a México, en donde debuta como novillero un año después, alternando con sus actuaciones como banderillero. En 1913 se presenta en Madrid de novillero, donde ya destaca por su valor. En 1914, por fin se presenta en Sevilla, ante la familia y amigos con mucho ambiente ya. Pero es herido de extrema gravedad, con la femoral muy afectada, casi pierde la vida delante de su padre que bajó a la enfermería. A raíz del percance y debido a la perdida de facultades vuelve de subalterno, ya de categoría, en las cuadrillas de las figuras Rafael El Gallo, Belmonte y Gallito, con el que estuvo tres años y aprendió el oficio, siendo su modelo y su maestro. Al final de la temporada 1916, el maestro de los críticos taurino, Gregorio Corrochano escribió esto en ABC: “Sánchez Mejías, que está a la cabeza de los peones por lo activo y oportuno de la brega, está también a la cabeza de los banderilleros”. La característica de Ignacio como torero era “llegar”, y en todo lo que emprendía quería llegar a ser el primero.

Fue una figura del toreo. El año que muerte Gallito en Talavera, acabó como número uno del escalafón en número de festejos. Se retiró en el año 1922, volvió en el 24 y se volvió a retirar en el 27, con 36 años. A todo esto, con algunas escapadas a América donde tenía un extraordinario cartel. Como torero destacó por su valor. Otro crítico, Don Ventura, escribió lo siguiente en el año de su alternativa “Este torero ha traído algo nuevo a la fiesta de los toros: la exageración del riesgo. O más aún: la creación del peligro. Una y otra tarde se ha complacido en llevar a los astados a los terrenos más difíciles, para exponer más y más. Y cuando no podía haber emoción, la ha creado él. La ha buscado él. Ha procurado que la hubiera, inventando el peligro”. A la historia del toreo pasó como torero valiente y en El Cossío, podemos encontrar lo siguiente: “La valentía más auténtica y sobrecogedora que nunca se haya exhibido en los ruedos. El valor de Sánchez Mejías superaba el concepto de que tal cualidad moral podamos tener. No era sólo desprecio absoluto del riesgo, sino que daba la impresión de ignorancia total del peligro”. Habla de la valentía más auténtica de la historia del toreo.

En el toreo también destacó en otra cosa, su lucha contra todos los estamentos taurinos. Contra sus propios compañeros, son famosas sus peleas con Gaona en México, donde llegó provocándolo. Gaona había publicado que él se podía comparar con Gallito, e Ignacio cuando llegó a México exigió al director que publicara: Yo soy mejor torero que Gaona y sólo pude ser banderillero de Gallito. Se pueden imaginar el ambiente de esas corridas, donde corrió la sangre de Ignacio más de una vez. Pero también estuvo en guerra con la crítica taurina, son famosas sus peleas con “Galerín” y “D. Criterio” a los que rebatía en sus propios periódicos por medio de escritos suyos. También estuvo en guerra con los empresarios. Como presidente de la Unión de Toreros se opuso con vehemencia a los topes salariales que éstos querían imponer. Tanto que muchos empresarios, incluido el de Sevilla, D. José Salgueiro, lo vetaron en sus plazas. Es conocida la anécdota de que vetado, bajó a la arena en una corrida de Feria, de acuerdo con el matador Martín Agüero, y le puso banderillas a uno de sus toros. Pasó por el lado de Salgueiro y le dijo que él toreaba en Sevilla cuando quería. Un provocador, pero que después cortaba las orejas.

Se casa en 1915 con Lola, hermana de su maestro Joselito. El paso de amigo de José y novio de Lola, no fue bien acogido, y sus relaciones con la “señá Gabriela”, madre de los gallos, tampoco fue buena. Su mujer, Dolores Gómez Ortega es un personaje clave en la vida en Pino Montano, la casa familiar, y en mantener la familia siempre unida. Al torero la vida familiar se le fue quedando pequeña porque tenía otras inquietudes.

Siendo un hombre muy atractivo, tiene documentadas varias aventuras, algunas amantes y una querida, pero nunca llegó a romper la familia. La vida matrimonial no duró mucho. Lola lo echó del dormitorio, lo cerró con dos candados y nunca más lo volvió a dejar entrar. Búscate lo que quieras por ahí, porque aquí no entras más, le dijo. Y lo cumplió.

Ignacio destacó por su vida social. Allí donde estaba se hacía el centro de la vida social de la localidad. Cuando iba a México y o Lima, alquilaba una casa y allí se daban las fiestas y se reunían los personajes locales y visitantes. Fueron famosas las fiestas en Pino Montano, donde acudieron personas de todo tipo.

En aquellos tiempos de vanguardia, cuando empezaban los “sportman”, Ignacio tuvo tiempo para todo. Jugador de polo, practicante de boxeo, automovilista, piloto de aviación, fue el primero en ir a torear en avión desde un pequeño aeródromo montado cerca de Pino Montano. Tenemos fotos de acoso y derribo desde un coche, actor de cine, practicante de deportes de invierno, futbolista, etc.

También tuvo muchas inquietudes sociales, Fue presidente del Real Betis, con el que inició los fichajes de jugadores vascos, relación que llega hasta hoy día. Puso los cimientos para lograr el primer y único título de liga de tenemos. Presidente de la Cruz Roja de Sevilla. Conferenciante en Nueva York, en la Universidad de Columbia, invitado por García Lorca. Promotor de un aeropuerto en Sevilla. Empresario. También se publicó que estaba propuesto para Gobernador Civil por la Republica. No sabemos cómo tenía tiempo para hacer todo eso y, además hacerlo bien.

Como inquietudes artísticas, podemos citar su amor por el flamenco, destacando su debilidad por el cantaor Manuel Torre. También fue promotor del espectáculo “Las Calles de Cádiz”, junto con su amante “La Argentinita” y su amigo García Lorca. Un espectáculo flamenco que se elevó por primera vez de categoría, para competir con la ópera y el ballet.

Pero sobre todo destacó por su obra literaria. Empezó con escritos costumbristas y taurinos que fueron publicados en periódicos. Y también publicada en el periódica La Unión, las crónicas de sus propias corridas de toros. Tiene escritas cuatro obras teatrales y estrenados dos. Sin Razón, la primera aproximación a Freud de la literatura española, no se nos olviden las vanguardias de entonces, estrenada en Madrid por la compañía de Fernando Díaz de Mendoza y María Guerrero. Y Zaya, estrenada en Santander, en presencia del Rey. También tiene escrita una novela y poesía.

Conocido como mecenas de la Generación del 27. Ideó y organizo, junto con D. José María Romero Martínez, ateneísta, los actos de tricentenario de Góngora en Sevilla, que dieron lugar a la Generación del 27. Fue el artífice de convencer a sus jóvenes amigos vanguardistas de Madrid para venir a Sevilla. Las fiestas que se organizaron en Pino Montano se quedaron en el recuerdo de todos los poetas.

Tuvo amigos de todo tipo y condición, desde el Rey al Presidente de la República, pasando por el General Sanjurjo al que acompañó a la cárcel y despidió en el exilio.

Volvió a los toros en 1934, con 43 años, para que el hijo, que quería ser torero, no lo fuera. En una entrevista dijo que si tenía que entrar un cuerpo destrozado en Pino Montano que fuera el suyo, que su mujer ya ha sufrido demasiado. Desgraciadamente, a los pocos festejos, fue herido de gravedad en Manzanares, no quiso ser operado allí, y murió en Madrid dos días después de gangrena gaseosa.

Varios de sus amigos del 27 le escribieron poesías, como Miguel Hernández y Alberti, pero el poema de Federico García Lorca, Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías, que pasa por ser la mejor elegía en lengua española, lo hizo inmortal. Tan inmortal como figura literaria que lo ha minimizado como torero y como persona, con toda la historia que tiene detrás.

Sirvan estas letras para reivindicar su persona y también para darle la razón a Federico cuando escribió:

Tardará mucho en nacer, si es que nace
Un andaluz tan claro, tan rico de aventuras

Ignacio Sánchez-Mejías Herrero

Sevilla 2019

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La Gobernación del Desgobierno

El Sr. Jaime Melgarejo manda un comentario, que por su temática creo que es mejor separarlo como artículo, para que ustedes puedan también opinar. Dice:

Se imaginan ustedes lo que pasaría si comprando una entrada para escuchar a una orquesta o a un tenor, llegará un señor representante de gobernación y decidiera que no cumple los requisitos para actuar ¡que escándalo!.

Yo no puedo comprender por qué si sacamos una entrada para ver a una ganadería con unos toreros, que sea el señor de gobernación o del desgobierno quien decida que toros son los que deben lidiarse. ¡Perdone Usted! Es el ganadero el que se juega su prestigio y siempre que sus toros cumplan el peso mínimo fijado para esa plaza y que no tengan ningún defecto físico, debe ser él quien decida y nosotros el público juzgaremos si queremos volver a ver esos toros o no.

Los matadores tienen el derecho de torear un toro según su saber y entender, jugándose su prestigio.

El ganadero la mayoría de las veces no tiene esa suerte. Cuando se va a una corrida de toros, el ganado debería de ser, en plazas de primera, el tipo medio de esa ganadería hacia arriba, pero siempre en el tipo. Así el público juzga lo que tiene y lo que es. Se supone que el ganadero quiere triunfar con sus toros y puestos a suponer, gobernación, entre otras cosas, debía de exigir que esto fuera así y que los toros se correspondan con lo habitual en esa ganadería. De esta forma el público no sería engañado con aquello que a veces sale por la puerta de chiqueros.

Gobernación debería de obligar al ganadero a que lleve aquellos animales que están en el tipo de su ganadería y no lo contrario, como ocurre casi siempre, de esta forma ganaderos, matadores y público sabrían lo que se va a lidiar.

Que fácil sería cuando fueran a las dehesas a aprobar, con toda la camada por delante, los toros para las plazas de primera, no por grandes ni por chicos, sino porque son los individuos que representan a esa ganadería.

Es el único espectáculo (al menos que yo conozca) donde muchas veces ves lo que no corresponde con lo anunciado, y curiosamente gobernación (o el desgobierno) es la que motiva estos hechos “que curioso”, ver unos ” toracos” fuera de tipo sin clase, gordos como si fueran cebones, cuando un toro bravo debe de estar en sus carnes como estaría en su habita natural, ni gordo ni delgado sino fuerte, y así podremos juzgarlos.

Todo esto es una opinión personal, pero puede tener una base en la que algunos aficionados estén de acuerdo. No personalizo ni en ganaderos, toreros ni empresarios. Pues considero que la mayor responsabilidad es de ¡la gobernación o del desgobierno! Díganlo ustedes.

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II Premio Taurino Manuel Ramírez

ABC de Sevilla instituyó el pasado año los  Premios Taurinos Manuel Ramírez para trabajos editados en presa escrita sobre temas taurinos. En esta segunda edición el jurado se ha decantado por Francis Wolff, catedrático de filosofía de la Universidad de París, por un artículo titulado «El arte de jugarse la vida», publicado precisamente por ABC. Como creo que hay que leer a los que saben escribir y tienen algo que decir , a continuación les transcribo el artículo, que es una defensa de los Toros y, de paso, una crítica a los antitoro.

EL ARTE DE JUGARSE LA VIDA

Se escucha de vez en cuando a escritores, universitarios y pensadores españoles evocar su infancia vagamente acunada de recuerdos taurinos y expresar su rechazo, a veces violento, de la fiesta de los toros. No comprenden cómo puede hoy (aún y siempre) emocionar, conmover, exaltar las muchedumbres, en las que seguro no ve nada más que una masa de reaccionarios incultos alentada por intelectuales esnobs. En esta revuelta antitaurina, a veces íntima, a veces sonoramente militante, se encuentran a menudo, en amalgama con la memoria de sus propias historias familiares, algunos tópicos datados en los sesenta (toros = turismo, exotismo de españolada, tremendismo del torero descamisado) o más antiguos aún (toros = España negra, vergonzante cara del pasado). Sí, ya sé: sé que para muchos españoles los toros despiertan espontáneamente ese mismo sentimiento confuso, un poco nostálgico, vagamente vergonzoso, de tener que vérselas con algo que sobrevive de manera inconveniente pero a punto de caducar definitivamente gracias a la ascensión social, la educación del pueblo, la evolución de las costumbres, el sano desarrollo de las sensibilidades, Europa, la democracia, etc. Sí, ya sé: sé que para muchos jóvenes españoles la palabra «tauromaquia» evoca carteles de otra época, un rito anticuado, una especie de juego arcaico o incluso un espectáculo cruel del que deben defenderse cuando, gracias a un programa Erasmus, se dan cuenta que, para el resto del mundo, se mantiene asociado al nombre de España, es decir, a una de las naciones más avanzadas de Europa de la que por lo demás uno puede sentirse orgulloso. A todos esos españoles, jóvenes o menos jóvenes, les quiero decir lo que sigue: los toros no son ya sólo la Fiesta Nacional de España. Con eso han perdido un poco y ganado mucho. Se han convertido en parte integrante de la cultura de la Europa meridional e incluso del patrimonio mundial.

¿Se imaginan ustedes que hace apenas algunas semana (el 2 de junio exactamente), en un teatro del centro de París atestado, cientos de personas de las que la mayoría no habían puesto nunca sus pies en España, e ignoraban absolutamente todo de la «fama negra» de los toros, habían pagado cara su entrada por el único placer de homenajear la heroica carrera de un torero… colombiano (César Rincón)? Claro que para todos esos turistas que visitan España a toque de pito, entre la torre de Pisa y el Big Ben, y que creen que Francia es Pigalle, los toros son el «exotismo» español barato, y el torero es algo así como «Manolete-ElCordobés-del brazo de su bailaora con castañuelas», o (para los más cultivados ¡ay!) es la imagen odiosa y desgastada del maletilla hambriento que, para salir de su miserable condición, no tiene otro remedio que tentar al diablo y arrojarse entre sus cuernos. Ignoran evidentemente, como quizás muchos españoles, que uno de los más grandes toreros de la historia está vivo y toreando y en modo alguno debe su valor extraordinario a esa deprimente leyenda, o que uno de los mejores toreros de la primera década del siglo XXI es francés, o que fue prácticamente imposible conseguir entradas (siendo tan caras como las de la ópera) para las diez corridas que conformaron la reciente feria de Nîmes (95.980 espectadores).

Un poco de pudor y muchos escrúpulos me impiden evocar mi infancia que está en las antípodas de las de los intelectuales españoles antitaurinos. Bastará decir que esa infancia en el cinturón de París, con mis padres judíos alemanes que escaparon por milagro de los campos de la muerte, en modo alguno me preparaba para recibir el choque que fue el descubrimiento accidental de los toros, a la edad de 18 años, al azar de una escapada estudiantil en la región de Provence. Para muchos españoles de mi generación, los toros son familiares, formaron parte de la vida cotidiana de su infancia, se los vivía con indiferencia, aceptación o rechazo de una «cultura» vagamente patrimonial que es como una segunda naturaleza de la que hay a veces que desprenderse para poder existir por sí mismo. Para mí la corrida de toros es una amiga que he elegido tan próxima como la música y sin la cual podría difícilmente vivir. Digo que la he elegido pero tengo más bien la impresión que ella me ha elegido a mí; el encuentro fue fortuito pero, como dice Flaubert de la primera cita amorosa: «Fue como una revelación». No, los toros ya no son sólo la Fiesta Nacional. Han perdido un poco de sus particularidades (algunas fiestas votivas, capeas salvajes, un público cautivo, un pueblo entero movilizado tras un torero muerto), han ganado mucho en universalidad -geográfica y sobre todo cultural-. Ahora, en el presente, los que torean y los que van a los toros lo han elegido, y si no saben del todo, ni unos ni otros, lo que van a buscar «allí» (¿sabemos bien lo que es el amor?), saben que hoy se va a la plaza en lugar de ir al estadio, al concierto o al teatro.

Sin duda, la corrida de toros no es moderna, pero no porque no sea de nuestro tiempo, es -al contrario- porque nuestro tiempo no está ya en la «modernidad». La modernidad en el sentido estricto se acabó hacia el final de los años ochenta del siglo pasado, con el derrumbamiento de las ideologías, el fin del sueño en el progreso y el agotamiento de los discursos dogmáticos de las vanguardias artísticas (formalmente revolucionarias, políticamente redentoras). Lo que algunos han dado en llamar la «posmodernidad» o lo contemporáneo se opone punto por punto a la modernidad. Puede ser que la corrida de toros no sea ni haya sido nunca «moderna», pero es seguro que se acuerda perfectamente a lo «contemporáneo». Lo moderno está ligado al progreso, a la «velocidad», a la industrialización sistemática (comprendida la de la ganadería de carne); lo contemporáneo y la corrida están ligados a la biodiversidad, a la ganadería extensiva de bravo, a los equilibrios de los ecosistemas. La modernidad sólo veía la salvación a través de la comunidad y la sociedad, en el «todo es política», lo contemporáneo y la corrida renuevan con los valores del héroe solitario (pensemos en el culto contemporáneo hacia los éxitos singulares y aventureros de cualquier tipo), con una ética de las virtudes individuales, el valor, la lealtad, el don de sí mismo. La modernidad quería esconder la muerte (simple «no vida» igual que se dice invidencia en vez de ceguera), reducirla al silencio del frío vacío de las salas mortuorias o a la mecánica funcional de los mataderos; lo contemporáneo y la corrida de toros reconocen que la ceremonia de la muerte puede contribuir a dar sentido a la vida mostrándola conquistada a cada instante sobre la posibilidad misma de su negación. Era -se decía- el fin de los ritos en los que lo único que se veía eran prejuicios arbitrarios e irracionales, pero lo contemporáneo y la corrida de toros redescubren las virtudes de los ritos, no necesariamente vinculados a capillas y estampitas. Lo moderno declaraba el final de la figuración en pintura, del relato en literatura, del drama en el cine; lo contemporáneo inventa una nueva figuración, el cine de Almodóvar, genio de la posmodernidad, reinventa la linealidad del relato y las estructuras complejas del melodrama, como la corrida de toros que mezcla lo festivo y lo trágico, los colores chillones y la emoción más pura. El arte moderno glorificaba la vanguardia social y declaraba el final de la «representación», el posmoderno mezcla lo popular y lo erudito -como la corrida de toros, la más sabia de las artes populares- mezcla la transfiguración de lo real y su presentación en bruto (el happening, el body-art, el ready-made, la instalación, la intervención, el artista mismo) como la corrida de toros, alianza de representación clásica de la belleza y de presentación en bruto del cuerpo, de la herida, de la muerte, como el torero, artista contemporáneo, que hace de su gesto una obra estilizando su existencia. La posmodernidad, lejos de oponer el hombre al animal como en los tiempos modernos, presiente que no hay humanidad sin una parte de animalidad, sin un otro al que -a quien- medirse, como si el hombre -hoy más aún que ayer- sólo pudiera probar su humanidad a condición de saber vencer, en él y fuera de él, la animalidad en su forma más alta, más bella, más poderosa, por ejemplo la del toro salvaje: vencerla, es decir, repelerla o domarla, pero sobre todo oponer la fuerza de la astucia, la gratuidad del juego, la ligereza de la diversión, la gravedad de la entrega de sí mismo, la fuerza de la voluntad, el poder del arte, la conciencia de la muerte -en definitiva todo lo que hace la humanidad del hombre-.

Quizá se podrá afirmar: ¿pero el espectáculo del sufrimiento animal, dada la evolución de las costumbres, no es ya tolerable, hoy menos que ayer? A esto hay que responder que no es una cuestión de historia (moderna o no) ni de geografía (España negra o no). Yo no he sufrido nunca, personalmente, con el espectáculo del pez atrapado en el anzuelo del inocente pescador de río -es una cuestión de sensibilidad-. Ésta permite a algunos ver al toro como víctima, la mía sólo ve en él un animal combatiente. Autoriza a algunos a pensar que el torero martiriza una bestia, yo veo en él un héroe contemporáneo que tiene la audacia de desafiar y enfrentarse a una fiera jugándose la vida -sin más, por la belleza del gesto, por pura libertad, para afirmar su propio desapego en relación con las vicisitudes de la existencia y su victoria sobre lo imprevisible-. ¡Es cierto que el toro no quiere combatir, pero no por porque sea contrario a su naturaleza el combatir sino porque es contrario a su naturaleza el querer! Esto es al menos lo que mi sensibilidad me dicta, comparable en eso a la de cientos de miles de otros hombres en todo el mundo, y no la creo menos movilizada ni sublevada que ninguna otra ante el sufrimiento de los hombres -o incluso de los animales- ni menos consciente de lo que hace falta de poder creador para volver a dar hoy un sentido, en arte, a esa palabra mancillada que es la belleza.

FRANCIS WOLFF

Catedrático de Filosofía de la Universidad de París

 

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La Mujer del Guarda de Don Álvaro Domecq

A petición de nuestro comentarista Sr. Desde el 4 y por el interés mostrado por «Grada del 8» a continuación transcribo el artículo de Don Álvaro Domecq

Iba yo por el campo revisando los toros, este campo que está lleno de hierbas, de flores, como la zulla roja, argamula morada, trébol blanco, y me encontré con la mujer del guarda, que buscaba entre toros, flores y palmas los huevos de sus gallinas. ¿Quiere usted unos huevos de campo? La señora me preparó una cajita de huevos, con mucho esmero, entre pajitas. La amarró con su toniza y a pesar del ajetreo del coche de campo, llegaron a casa listos para ser fritos. Este año he visto que los ganaderos andan tristes y los mayorales cabizbajos. He leído crónicas que hablaban de la decadencia de los toros bravos en Sevilla. No ha habido ni una corrida, ni un toro bravo, dicen. La Maestranza ha lanzado un comunicado otorgando premios para el mejor matador, para la mejor faena, para el mejor quite, para el mejor par de banderillas y para el mejor picador, pero ha quedado desierto el premio a la mejor corrida y al mejor toro.

Me acordaba yo de la cajita de los huevos de la mujer del guarda; hace pocos días, en Resurrección se ha celebrado la Feria de Arles, una feria que se celebra en una plaza antigua. Ha habido trofeos para los toreros, ha habido grandes faenas y hasta algún toro que lo premiaron con la vuelta al ruedo. En esa plaza tan antigua no existen los corrales, sino una especie de venta de Antequera donde van los toros después de un largo viaje. Los empresarios de Arles compraron a los ganaderos seis toros. Entre el mayoral y el hombre que cuida los corrales han bajado los toros con suma suavidad, los han soltado rodeado de los bueyes, hasta el día de la corrida que llega un francés, aficionado y amante de los toros, en función de presidente, y los banderilleros del cartel del día, han hecho los lotes de los toros, han sorteado, se ha tomado nota del orden de lidia, y entre el mayoral y el hombre de los corrales los han encerrado de nuevo en su cajón, con sumo cuidado, con mucho esmero, como los huevos de la mujer del guarda, y los han dejado dispuestos para la lidia.

Próximamente, vendrá la Feria de Jerez, en donde también están anunciadas muchas de las corridas de Sevilla, y los toreros El Juli, Perera, Cayetano, Morante, el Fandi, Manzanares, Padilla, José Tomas, El Cid, Finito de Córdoba, Rivera y Talavante. Seguro que veremos buenas tardes de toros, pero estos toros se embarcarán de diferente manera que las corridas de Sevilla.

En Sevilla un día vienen a reconocer la corrida, como es lógico se suele presentar una corrida armónica, con toros de buenas hechuras, ya que se pueden escoger los mejores de la camada, con el prototipo que gusta en Sevilla. Si hay suerte ya que llega un ejército de hombres, vienen veterinarios, el presidente, el delegado, la empresa, los veedores esta corrida será embarcada el día antes de la lidia, casi de madrugada, con el mimo y cuidado de su mayoral.

Al llegar a Sevilla los toros se encuentran con un pequeño cuadrilátero, con grandes burladeros de muros fuertes, rodeados por una cantidad de veterinarios, presidente, delegados, incluso algún banderillero llamado especialmente. El piso de ese cuadrilátero está lleno de arena, tiene tanta como este año tiene la montaña del albero de la Maestranza, y yo creo que si hubieran echado un cubito de cal nos hubiera parecido que estábamos viendo el mismísimo Mont Blanc. Arriba en la baranda suele estar la empresa, el ganadero y el mayoral viendo el espectáculo.

Abren la puerta y el toro sale al corral y empiezan a llamarlo desde uno y otro burladero, el toro con la arena hasta la barriga empieza a escarbar para abrirse paso embestida tras embestida; cuando lo han visto y revisto, le abren otra puerta y con unas muletas colgadas de una garrocha llevan al toro de corral en corral, pase para un corral, pase para otro, me atrevería a decir que hasta un pase de pecho, para encerrarlo en su chiquero, donde debe estar hasta que toque el clarín al día siguiente.

Terminado el desembarco, los mismos que aprobaron la corrida en el campo se reúnen a dar sentencia y muchas de la veces le dicen al ganadero que hay un número de toros desechados, algunas veces hasta cuatro, o sea que han llegado algunos huevos rotos. Sin mediar palabra hay que ir al campo a buscar más toros. Un animal acostumbrado a que lo traten bien, tan sensible que nada más se puede torear una vez y, desgraciadamente, al día siguiente, por segunda vez, va a ser en esa maravillosa plaza de la Real Maestranza, donde los ganaderos piensan que por qué se lidia en Sevilla la peor corrida de la camada.

Me acordaba yo del toro «Ojito», que, hace poco tiempo, llegó por la mañana directo del camión a su chiquero y tuvo que salir de sobrero para Dávila Miura, que le cortó las dos orejas y le dieron el premio de la Real Maestranza. Hace menos tiempo, el toro «Ojos negros», que también había llegado por la mañana, lo toreó César Jiménez, le cortó las dos orejas y le dieron la vuelta al ruedo. Quizás la Maestranza tendrá que procurar el año que viene poder cambiar algo las cosas; si no, vamos a tener que llamar al aficionado francés o a la mujer del guarda.

Es evidente que Don Álvaro lleva razón en cuanto al estado de los corrales y al sufrimiento innecesario de los toros en los reconocimientos. Lo que no sé es si de verdad esto influye en su comportamiento posterior. Ha habido muchos toros bravos, muchos, que han pasado por esos corrales, que no parecen ayudar, pero tampoco deben quitar bravura. Otra cosa, a mi la palabra que siempre me ha gustado para designar al profesional es la de «conocedor» ¡que bien les viene!